Despertares
No se puede empezar una narración con “Aquel otoño pasaba ante mi ventana...”. Bueno, se puede pero no se debe, a no ser que queráis convertiros en unos escritores transgresores…; disertaba Blanca, intentando que nosotros, sus pequeños vándalos comenzáramos a entender los entresijos de su asignatura de Lengua y Literatura.
La verdad es que aquel otoño estaba comenzando demasiado lentamente y era imposible que en aquel tiempo de pegajosa consistencia algo entrara en mi cabeza. La hora tampoco era demasiado adecuada para semejante esfuerzo intelectual. Y para mayor estropicio mi abuelo no dejaba de mirarme con una de esas miradas que lo dicen todo sin siquiera emitir un sonido de sus labios.
Era muy curiosa la capacidad de mi abuelo de estar en cualquier sitio en cualquier momento. Una capacidad que como iría comprendiendo era común a muchos miembros de mi familia.
¡Menudo don!, pensé, ¡siempre aparece en los lugares más inoportunos!
No podía concentrarme en la clase y tampoco podía dedicarme a uno de mis deportes favoritos en momentos de hastío: contemplar descaradamente la cara y el cuerpo de mi compañera de pupitre, su ropa, la forma en que se había recogido ese día su liso y ambarino cabello.
Resultaba extraño que fuéramos la única pareja mixta de la clase. Una coincidencia alfabética había permitido que por primera vez en seis años compartiera mesa con una chica. Hecho sorprendente que se relacionaba con la necesidad funcional de crear una clase mixta con los pocos supervivientes de las clases de inglés masculina y femenina.
Una única clase de estudiantes aislada en el océano de las clases de francés. Un hecho totalmente necesario pero reprobable, según la estirada directora franquista, el de mezclar chicas y chicos en la misma aula.
Me había ganado gracias a esta compañía obligada, bastantes cotilleos y chanzas por parte de mis compañeros masculinos que pensaban que esa suerte en el reparto de las mesas era el primer paso hacia el fornicio. Además, era un buen motivo para que la antigua monja reconvertida en profesora de Biología, me dedicase cariñosos apelativos ("primate, chimpancé, gorila, etc."), cada vez que se dirigía a mi compañera para hablarle de mí.
Volvían los pensamientos circulares a tomar su velocidad habitual, con una lentitud pasmosa, cuando empezó aquel sonido de ritmo constante a penetrar mis sienes…
¡Las seis! Este despertador me va a matar cualquier día. Tengo que darme prisa.
Una vez más empezaba la rutina de los lunes y el comienzo de otra semana con las mismas o parecidas situaciones. No encontraba las zapatillas, no conseguía palpar mi bata y otra vez tendría que exponerme a recibir un golpe en la espinilla al deambular a oscuras por la casa.
Son esos pequeños sacrificios de la vida de matrimonio que uno debe soportar con estoicismo para que la convivencia no se deteriore más rápidamente de lo que su historia natural marca.
¿Dónde estará la manilla de la puerta del baño?
Cada día parece que comienza por un viaje al corazón de las tinieblas y hoy parece que voy librándome de los golpes habituales. Tal vez hoy sea un gran día. O tal vez los golpes más fuertes hoy no los reciba de los objetos. El día irá desvelando sus inescrutables misterios.


sherezadee dijo
Qué bonito y qué bien contado. Consigues que me imagine cada escena con total claridad, como si yo también estuviese allí... Es genial. Cuando leo blogs tan interesantes, me dan ganas de irme de la Coctelera...
Prometo volver. Un placer, Ernesto!
:)
7 Junio 2008 | 07:29