Agravios y ofensas
Comencé a escribir, casi sin darme cuenta, una lista de agravios y ofensas, de ofensores y ofendidos. La lista crecía, no dejaba de crecer. Un nombre tras otro iban surgiendo antiguos recuerdos, viejos odios, lejanas angustias.
La vida es un compendio variopinto de contrastantes cosas. La naturaleza de nuestros actos refleja nuestra alma y, en aquel preciso instante, me sentía ofendido y no ofensor, muy a pesar de los agravios y ofensas, muchas veces involuntarios, que había infligido a otras personas. Porque la ofensa muchas veces no se sabe bien como se comete.
Muchas personas que creemos nuestros amigos se sienten o han sentido heridos por nuestros actos, palabras, ideas; tal vez por nuestros silencios, gestos o ademanes. Porque es muy fácil ofender, tanto o más sencillo que ser ofendido. Cuantas veces me he preguntado por qué callé cuando debí haber hablado o, al contrario, por qué hable cuando mis labios debían haber estado sellados como una tumba egipcia, sin dejar escapar el más mínimo vocablo, el más ligero suspiro. Si hubiera callado o hablado.
Es difícil vivir sin dejar huella. Una huella difícilmente separable de la alegría o el dolor. Una huella efímera, que se borrará con las primeras brisas, con las últimas hojas de un otoño temprano. Y, sin embargo, esa tenue huella, cuánto dolor puede producir en el hijo, el amigo, en el ser más amado. Pero para vivir hemos nacido y, aunque seamos conscientes de que cada uno de nuestros actos puede provocar un síndrome de China, no nos queda más remedio que seguir caminando, sonriendo, llorando, guiados por una vieja brújula genética y un antiguo mapa cultural que nos haga confundir miles de veces la ruta, el camino, la senda o, para algunos pocos, la alfombra roja.
