Con la soga al cuello
Siempre recordaré tus palabras, tus lejanas y, sin embargo, presentes palabras: “estoy con la soga al cuello”. Pero no te creí. Me cuesta reconocerlo, como me cuesta siempre dar mi brazo a torcer, reconocer mis errores o los fallos habitualmente comunes de mis predicciones. Por eso, ahora, en la tranquilidad distante de este mi refugio y escape, pienso con sosiego como habrían sido las cosas si ambos hubiéramos cedido un poco, sólo un poco. Pero ni era, o es, quién lo sabe ahora, tu carácter, ni lo era y lo sigue siendo el mío.
Pasa otra nube, se dibuja y desdibuja en segundos, después de haber esquivado la montaña, sempiterna montaña que se funde con el marco de mi ventana. Y en este marco limitante y liberador que encauza las fronteras de mi vida, veo el referente adecuado a lo que siempre fue nuestra amistad: una montaña arropada por nubes.
Te echo de menos, es verdad, lo reconozco, pero te echo de menos como antes te echaba de más. Es la eterna dicotomía, la eterna disputa entre el querer y el no querer, que nos acechan y no nos dejan tranquilos. Te siento lejos y me acuerdo de tus palabras, pero, soy sincero al decirte que tal vez sea mejor así y que fueras tú y no yo quien se encontrara con el agua al cuello. Ya ves, cuestión de supervivencia.
