La lluvia ha dejado de humedecer el jardín. De igual forma que vino, ha desaparecido en esta aun calurosa tarde de agosto.
Me sorprendió tu llamada, lo reconozco. Bien es verdad que tu comentario fue curioso pero plausible: “tenía tu número en el móvil y sin querer, te he llamado; no me respondías y he pensado en llamarte más tarde para disculparme”.
He dado vueltas al asunto porque hacía más de un año (quien lo diría) desde nuestra última conversación y no recuerdo haberte llamado desde mi móvil. Los temas profesionales prefiero discutirlos desde el teléfono del despacho. Por eso me ha quedado una sensación extraña y me he dedicado a mirar a los árboles recortados en la lejanía y en cómo la lluvia y el viento agitaban sus hojas.
Mientras, pensaba en las probabilidades de que se haya producido esta llamada accidental. He llegado a la conclusión de que me da igual.
El viento remueve las pocas hojas caídas y compone una suave música con las ramas repletas de su vestido verde. La melodía me hace olvidar esta pequeña alteración de la apacible monotonía de las tardes de agosto y cada vez se diluyen más las vagas impresiones que habían salido de su encierro con tu llamada.